Descripción
Ensayo de antropología y psicología en el que el autor cuestiona de raíz la idea de que la violencia forme parte de un supuesto “instinto” humano innato. Montagu revisa y desmonta las tesis que atribuyen nuestra agresividad a la herencia animal o a una pulsión biológica inevitable (instinto homicida, “energía” que debe descargarse, defensa territorial casi más fuerte que el sexo, etc.), mostrando que estas explicaciones se apoyan en reconstrucciones falseadas de la evolución humana y en prejuicios culturales más que en pruebas científicas.
Frente a esa visión pesimista, sostiene que la agresividad es, sobre todo, una respuesta aprendida y modelada por el entorno social, las condiciones culturales y la frustración de necesidades humanas básicas, y que los seres humanos poseen una notable capacidad para la cooperación, la empatía y la convivencia pacífica. A partir de datos de la antropología, la biología y el estudio comparado de sociedades menos violentas, el libro defiende que no nacemos condenados a la violencia, sino que es la organización social la que puede fomentar comportamientos agresivos o, por el contrario, favorecer formas de vida más solidarias.
